III Premio de Literatura Abat Oliba CEU. 2008.
Textos ganadores
Modalidad poesía:
El trompetero
de Víctor Romero Tenorio
Suena trompeta de Berbel, suena Guadix.
Trompeta de vía crucis de una muerte anunciada.
Elegía del caminante penitente,
canto al portador de la cruz tenue.
Sonido de esperanza viva.
Clarín verbeniano de sonido accitano.
Tocando por confesión del que sudó sangre,
y lloró salvación en su muerte.
Del silencio omnipresente,
a la nota elocuente.
Trompetero experto y ex ciudad romana.
Facundo el músico,
universal el preso lastimado.
Público silencioso por el herido
y perplejo del canto metálico dorado.
Rector de orquesta de también ciudad musulmana.
Notas y notas a la noche cerrada
por honor de Aquél que va a la muerte.
A la muerte por el pecado del que todo lo quiere.
Muerte soplada y velada.
Músico del antiguo lago.
Perfume, incienso, fuego y mutismo del verbo.
Togas, tronos, costaleros y el Verbo aún vivo,
caminando entre sus iguales caminando entre sus hijos
y rogando por Él y pidiendo por ellos.
Música, en Guadix, que ahoga la pena de su Catedral puente a lo divino.
Tú, tocando al hombre temeroso pero divino valeroso
acariciando su cara guías sus pasos afligidos pero firmes.
Deslizándose el aire, que despega de tus pulmones, al frío incansable
pero por ti finalmente agotado.
¡Ay! Trompetero silenciador de tropeles de devotos accitanos.
Hostigador del silencio para que se haga hermoso.
Escultor del aire con olor a Aroma del ambiente de Santiago.
Bruna la noche y doradas las notas de tu arma, en tonos finos y tiernos
a la escucha emocionada humana al temor y dolor de lo divino representado.
Instrumento de viento de Guadix.
Antorchas iluminarias del paso de tu sentencia artística junto a los muros herrumbrosos de la fortaleza musulmana en ciudad humilde y bizarra.
Suena trompeta, suena el lago suena la romana suena la mora suena la cristiana.
Sempiterno y laudable administrador de los vientos.
Modalidad relato:
Espacios
de María Josefina Vega
Silencio. Bajo la mirada con tal de que no se entrecruce con la de él. Siento el rubor subiendo a mis mejillas, la rabia por no poder hacerme entender. Hay tantas cosas que quisiera decirle y no me animo, porque sé que no podría expresarme claramente. Esta barrera invisible nos separa y nos une al mismo tiempo y empiezo a pensar que el símil es equivocado, que más bien estamos sujetos a una cuerda que se tensa y afloja constantemente.
Suspiro, el aire que sale de mis pulmones es también la frustración abriéndose paso en el espacio vacío que nos separa. Él mira hacia otro lado, incómodo. Se apoya contra la pared en sombras y noto que también está confundido, lo que estamos viviendo es algo que no nos esperábamos.
Examino el papel una vez más intentando descubrir dónde fue cometido el error que nos llevó a estar juntos. La anulación tardaría un tiempo y eso nos obligaría a soportarnos. Somos dos desconocidos, no sabemos lo que piensa el otro. No debe de tener ni idea de lo que me gusta, o de lo que me hace feliz. Admito que yo tampoco. Encima somos muy distintos: él con su ropa correcta y la camisa en su lugar, yo con mi estilo desarrapado y las zapatillas gastadas. Seríamos la extraña pareja. Pero no, destierro ese pensamiento en cuanto cruza por mi mente, no está bien que intente tender puentes de cariño en una relación con fecha de caducidad. Me agacho a revolver en mi mochila y así evitar el mal momento de no saber qué decir. Él se acuclilla conmigo en un intento de ser cordial, que yo acepto por la misma razón. Me dice algo entre dientes, creo que es una disculpa. Me encojo de hombros porque, en verdad, no ha sido culpa suya… ni mía tampoco, claro. Fue de los demás, de los que hicieron eso posible, de los que me alentaron a hacer algo de lo que no estaba completamente segura. Debí seguir mi instinto cuando me decía que era una mala idea, que añoraría mi hogar, que no encontraría la manera de salir adelante, que me haría independiente pero estaría sola al mismo tiempo. Intento no lucir abatida, él no se lo merece, puesto que la decisión fue mía. Aunque él tomó la misma iniciativa.
Echo un vistazo rápido a la ventana, desde la que veo la suave nieve cayendo en indolentes copos sobre el fondo de la ciudad gris, y me recuerdo a mí misma por qué estoy aquí, con lo que disminuye un poco la tensión que me domina al sentirme inerme ante esta situación.
Él vuelve a emitir un balbuceo y capto que me habla en francés, una lengua que desconozco tanto como su idioma materno, el alemán. Así nunca podríamos entendernos más que por señas, porque él no comprende ni el español ni el inglés ni el italiano que yo chapurreo. Sonrío por nuestras imposibilidades técnicas y él parece entender qué es lo gracioso en este asunto. Hasta que nos damos cuenta de que estamos a las carcajadas gracias a este hermoso lenguaje universal que es la risa. Reconozco que el enredo es divertido y empiezo a pensar que quizás este Erasmus no vaya a salir tan mal y que, a pesar de que fue un error lo que nos unió en el mismo piso a este chico y a mí, tal vez lograríamos convertirlo en un acierto.
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