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I Premio de Literatura Abat Oliba CEU. 2006.
Texto ganador
Un sonido mágico
de Jacobo Buhigas
"El silencio es el ruido más fuerte, quizá el más fuerte de los ruidos." (Miles Davis)
Resulta bastante extraño la postura que la gente ha adoptado a la hora de oír la radio. Realmente se ha perdido la esencia de lo que es escuchar música. Todavía recuerdo como si fuese ayer cuando al salir de la escuela allá por el año 1930 corría con decisión hasta la barbería de mi padre en Brooklyn Aveneu, Nueva York, donde a las cuatro en punto empezaba el programa de radio que más éxito alcanzó en la historia de la música. Se llamaba “Let’s Dance”, y nos enseñaban lo que era el verdadero swing y las nuevas notas que desprendían las trompetas cuando alguien decidía tocar jazz. Era la época de Louis Armstrong, alguien que sin duda nos abrió a los músicos las puertas del sonido más puro que un ser humano puede emitir. Las multitudes aprendieron a apreciar sonidos que hoy en día son casi seguro mucho mejores, pero no valorados.
Mi nombre es David John, y a mis sesenta y cinco años de edad, me he convertido en una persona muy sensible a la música. Quizás la expresión correcta sea que me he “reconvertido” en una persona sensible a la música. Y es que intentando ser atípico, se puede decir que mi vida ha sido desde un primer momento como siempre había deseado. Se pueden imaginar más o menos en que se convierte un niño de 5 años que al salir del colegio no piensa en otra cosa que en el sonido que emite una trompeta con sordina, o en un contrabajo aporreado por Walter Page. La verdad es que no me gusta hablar de mi físico pero para que se hagan una idea “moderna” de lo que yo soy pues les diría que si una melodía de jazz cantado por Diana Krall, o un conjunto de bongos y bases tocadas por St. Germain se tuviesen que vestir de algo, ese algo sería yo. Sin duda “Let’s dance” marcó mi trayectoria, mi vida como músico.
Tardé veinte años de mi vida en comprarme una trompeta. Era el año 1946 y en mi casa me repetían una y otra vez que era demasiado mayor para tirar mi vida por la ventana queriendo ser músico. Mi padre no permitiría bajo ningún concepto que dejase el negocio familiar por un puñado de hierros que produjesen ruido. Fue muy duro tener que irme de casa, pero tenía muy claro que para mí lo importante era sentirme realizado y pensar por mí mismo, y no que los demás manejasen mi vida como le ocurría al sesenta por ciento de la sociedad americana de aquellos años: o eras un capo que manejaba los hilos del juego y el alcohol, o sino eras una marioneta manipulada por los demás. Los músicos éramos como algo apartado de la sociedad. Algo así como los pintores rusos en el siglo de oro, pero la diferencia entre ellos y nosotros es que cualquier persona, fuese de la clase social que fuese, siempre necesitaba en algún momento de la semana, o incluso del día, escuchar una de las notas que nosotros podíamos reproducir. De ahí que no fuésemos obreros, pero tampoco nobles, ni ricos, pero tampoco pobres. Vivíamos por y para la música, con un sitio donde dormir, otro donde tocar, y una copa de vino y tabaco para fumar, éramos dichosos.
Eran otros tiempos.
Yo comenzaba a dar mis primeros pasos como músico en diferentes locales pero mi sonido no estaba pulido ni mucho menos. No era capaz de trasmitir lo que el público necesitaba. Cierto era que mi técnica dejaba mucho que desear, y mis composiciones no eran suficientemente buenas para hacerme un hueco en el mundo del jazz, de hecho al final siempre acababa por tocar temas de “Louis”. Comenzaba a deprimirme y a alcanzar ese punto al que todo músico llega en un momento de su vida: el estancamiento.
Una tarde de otoño cerca del año 50 mientras limpiaba la barra del garito en el cual trabaja de sol a sol para poder aprender y escuchar todo el jazz posible, comenzó a sonar en la radio algo nuevo para mí. Sin duda alguna nadie había hecho ese efecto en mis oídos desde que la voz de Armstrong sonó en la barbería de mi padre por primera vez. Detrás, muy al fondo de las notas de un piano perfectamente acompasado, se “leía” entre líneas una trompeta como nunca antes había sonado: suave, notas largas, técnica poco pulida, un sonido que quebrantaba todas las leyes del hasta ahora llamado jazz. El tiempo se detuvo por unos segundos cuando la última nota de la canción se sostuvo hasta el infinito y el locutor pronuncio un nombre que no he sido capaz de olvidar, y que por todos los medios siempre he pretendido que se mantuviese en mi vida hasta mi muerte: Miles Davis.
Un chico de mi edad, de mi color, de mi sonido; alguien por fin había sido capaz de poner nombre a lo que siempre he buscado: “cool-jazz”. Un chico de Illinois despertó una esperanza en mí ya casi perdida. Era digno de estar orgulloso el ser negro en aquellos momentos tan difíciles en los cuales la sociedad no era todavía capaz de dejar a un lado el color de la piel.
Después de tres pagas semanales y una incomprensible paciencia, conseguí el dinero suficiente como para ir a la tienda de Moe a comprarme el disco de Miles Davis: Birth of the cool. Era sorprendente ver como todavía pasaba desapercibido por las emisoras, o por las tiendas especializadas…sin duda alguna sería el mejor de todos los tiempos. Cada vez que oía una de esas notas infinitas al acabar uno de sus temas, conseguía arrancar en mí lágrimas de emoción. Adoraba tocar sus acordes, imitar su estilo, su manera de ver la vida, o mejor dicho la música, que es lo mismo. A mediados de los 50 ya tenía claro qué curso debían seguir las notas de mi trompeta. Miles había conseguido encarrilar mi carrera de músico con su influencia de “jazz-modal”. Pero mi problema era que mis notas no emocionaban hasta demostrarlo físicamente como hacían las notas de Miles Davis. Justo antes de que me sumiera en un profundo sueño musical en busca de más sonido, llegaron a mis oídos unas palabras que jamás olvidaré: “Kind of blue”. Era el disco que todos querían tener. Mis predicciones se cumplieron y el “hermano de Illinois” se convirtió en el máximo exponente de la música jazz del momento. Todos querían tocar con él: John Coltrane, Bill Evans, Wynton Nelly, Paul Chambers, Jimmy Cobb…1960 fue, posiblemente el año más emocionante en cuanto a “sonido cool” se refiere. Mis lágrimas caían sin cesar en los pentagramas de las hojas de mi escritorio cada vez que una canción de ese disco sonaba. Esas mismas lágrimas se convertían al caer en notas complementarias a lo que yo había hecho, provocando así el primer sonido del cuál me sentía puramente satisfecho. Me sentía realizado, y estaba a punto de lograr lo que tanto anhelaba.
Un mes antes de mi estreno en el Cotton Dub Boulevard, las nuevas tendencias invaden nuestro país. A unos días de consagrarme como trompetista de jazz, el mundo se puso a girar en torno a los sonidos pop británicos más rompedores. Llegaba la era electrónica y como no también consiguió apoderarse del jazz. Miles no tardó en sacar un disco adecuado para el momento en que vivíamos: “Bitches Brew”. Quedaban dos días para mi estreno y el sonido “free-jazz-funk” de Miles Davis eclipsó todo el panorama musical de los años 60. Me había quedado anticuado; mi sonido necesitaba matizarse en función de las nuevas tendencias. Mi estreno fue cancelado; “demasiado clásico”. La depresión se cierne sobre mí por momentos, más bien por semanas. Mientras Miles triunfaba adelantándose a mis movimientos yo seguía limpiando barras de cafés y garitos de mala muerte.
Todo iba demasiado rápido para mí, no estaba hecho de la pasta necesaria para sobrevivir en este nuevo mundo de músicas con fronteras, la frontera del color, pero sin límites, hasta donde llega el infinito del sonido. El jazz adquiere un nivel de abstracción sólo para mentes privilegiadas, para lo que hoy llamamos entendidos, y eso era algo que en aquel momento me superaba. Las mafias se apoderaban del juego, de las prostitutas y lo peor que le podía pasar a la música: de los cafés. Ya no eran personas del mundo de la música los que organizaban los eventos; cierto es que en la brecha estaban los “número uno”, los indiscutibles: Miles, Frank, Sammy Davis, Dean Martin, un joven Tony Bennet…Pero es que ellos eran la mafia, o eso decían. Me veía como un pez de agua dulce en un océano. Igual me había equivocado. Igual mi padre tenía razón. La decepción se apoderó de mí por primera vez, mucho antes que la depresión. Mi vida estaba perdida, como predijo mi familia años atrás. La vida de un músico no es fácil, decían…y yo les digo: La vida de un músico no es vida.
Tras años de silencio, de no querer escuchar una sola nota de jazz, recogía un periódico una mañana de un martes cualquiera. El titular decía que Miles Davis, entregado a las drogas y al alcohol, había tenido un grave accidente que le mantendría apartado unos cuantos años de los escenarios. Ese día no pude ir a trabajar. Me pasé toda la tarde del martes observando mi vieja trompeta, pensando en a dónde pudimos llegar juntos, y si habríamos acabado igual que el viejo Miles. ¿Habría sido una suerte el hecho de no haber encontrado mi sonido antes que los ya famosos y consagrados artistas?
Sin saber cómo, cuando me di cuenta, había sacado de la funda a aquella vieja amiga. La miraba como a la primera mujer, como al primer amor que nunca se olvida, del que siempre deseas algo más de lo que ya hubo. Pensando en aquella chica, en lo mucho que la quería, en lo mucho que la quiero, me lancé a sus labios, sintiendo ese primer beso, como si fuera ayer, ese beso del que saltan chispas, el beso que nunca es perfecto pero sí especial, ese que sabes que no es el mejor pero que es único. El beso se transformó en sonido, el sonido en melodía, y la melodía…en una lágrima. Hacía casi diez años que una nota no me hacía llorar. Estaba tocando Moon dreams, uno de los temas de Birth of the cool el primer disco de Miles. El ambiente era el adecuado: vino, velas, lluvia, otoño…mi linda mujer, rubia, de ojos muy claros, con la piel clara como la nieve, se la podía confundir con una muñeca rusa, aun siendo hispana, y mi vieja amiga, mi viejo amor. El resto salió solo. Las notas sostenidas hasta el infinito eran, si cabe, más intensas que las del famoso Davis.
La fusión de estilos se vio reflejada en mi composición. Había escrito mi primer éxito. Me había adelantado a los acontecimientos. Sólo quedaba ponerle un nombre al nuevo estilo.
Con los deberes hechos salí el jueves noche, después de largos años de “abstinencia”, al viejo Cotton Dub Boulevard. Allí estaban los de siempre, las viejas glorias del jazz urbano más puro, nuevos adictos a la “música para entendidos” y más mujeres de las que yo recordaba en un garito. Estaba otra vez como en casa. Esa noche actuaba Elvis Costello, y gran parte de los grandes del soul, swing y jazz estaban allí: Burt Bacara, Quincy Jones, Frank Sinatra, Tony Bennet… ¡Oh Dios, como añoraba todo aquello!
Tras una hora de concierto Elvis hizo un descanso, y mientras me encendía un “mini” un hombre se me acercó:
- Disculpe, ¿Tiene otro purito?
Mis ojos no daban crédito a lo que estaba viendo. El gran Miles Davis, tras años de silencio y retiro, había aparecido en el mismo garito en el cual yo también me reencontré con la música. En ese momento comprendí que nuestras vidas mantenían un cierto paralelismo, y que el destino había decidido que un purito fuese nuestro punto de encuentro y por consiguiente el fin de nuestras vidas en solitario.
Con la excusa del purito, Miles se sentó a disfrutar conmigo de la segunda parte del concierto. Fueron los minutos más maravillosos de mi vida. Parecía como si toda aquella música que llevaba escuchando desde los años veinte se resumiese en aquel hombre. Un viejo delgado, con mirada seria, fría, y unos dedos que se expresaban por sí solos; era lógico que tocase de esa manera.
Con el concierto acabado, y el garito cerrado, Miles y yo nos quedamos agotando el último respiro que nuestro hígado nos daba, y antes de que el viejo Jimmy, el dueño del Cotton, nos echase de allí, Miles se subió al escenario y comenzó a tocar una melodía en la cual había estado trabajando todos estos años. Era algo que no estaba definido, algo que todavía necesitaba “pulirse”, muy característico del jazz de Miles.
- ¿Qué te parece David?
No pude contestar ni una sola palabra. ¿Qué demonios le iba a decir yo al número uno de los trompetistas sobre una nueva composición? ¿Acaso mi opinión importaba?
Miles, al ver mi cara, comprendió perfectamente la mejor manera que podría tener para contestarle. Me tendió la mano por un lado, y su trompeta por otro. Comencé a tocar la composición que días antes había creado, la composición que resumía mi vida, mi amor por la música. Las últimas notas se hacían interminables, alcanzando el más allá, lo inimaginable. Mi última nota hizo surgir del viejo y rasgado ojo de Miles Davis lágrimas de emoción, lágrimas “ácidas”, que definían lo que era y es en sí el más puro jazz. El jazz es esto, y nada más.
- Lo llamaremos “acid jazz”-dije yo en un alarde de creatividad.
Miles se secó las lágrimas, y cogiendome del cuello como si fuese su hermano pronunció las palabras mas bonitas que jamás he oído en mi deseada vida: “lo llamaremos música”.
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