‘LOS ADOLESCENTES Y EL SEXO’

Por Hannah Gayet Martínez

Recientemente leí un artículo el periódico “El Mundo” escrito por Ana Del Barrio, en el cual una joven adolescente explicaba las prácticas sexuales más comunes entre los adolescentes a su propia tía. Estas, explícitamente relatadas, no dejan a una indiferente, pues todas destacan por su obscenidad, frialdad, e incluso agresividad. Hoy en día vivimos en una sociedad que carece de valores, por eso, y aunque esto suene extraño, no nos impacta leer un artículo como este. La educación está sufriendo una profunda crisis en los últimos años, y no nos referimos solo a la educación en el ámbito escolar, sino también la del ámbito familiar. La vida impone ritmos frenéticos y parece que los padres ya no tienen tiempo para sus hijos. Si a todo esto le sumamos la publicidad, las películas, las canciones y todos los mensajes subliminales y no subliminales que encontramos en nuestro día a día, tenemos una bomba de relojería.

Esta situación nos exige como padres y como maestros prestar atención a la educación que le damos a nuestros niños y niñas, una educación que no es solamente la comunicación de un saber o de una información como podría ser que aprendan ciencias sociales, matemáticas lengua, etc, sino que es algo mucho más importante y previo a esto: se trata de la comunicación de valores y una correcta afectividad. Sí, desgraciadamente (o afortunadamente, según el punto de vista desde el que se mire) los maestros debemos educar en aquello que es más profundo. La sociedad ha cambiado y eso que hoy parece faltar, es una educación que apunte a lo más profundo e importante, eso que antiguamente se enseñaba en casa, mientras que a la escuela se iba a aprender las materias teóricas y las habilidades. Nos entristece pensar que ya no es así y nos indica que algo está yendo mal, pero a la vez, nos debe hacer sentir afortunados a quienes, como yo, aspiramos a ser maestros verdaderos, maestros que desempañan su labor en profundidad, ya que a todo aquel que tenga una verdadera vocación  le es prácticamente imposible entrar en una clase a dar una materia y macharse, sin implicarse, sin mostrarle a los alumnos la riqueza de la vida y de las personas.

A fin de reflexionar sobre esto, quisiera hacerlo desde el punto de vista de la vocación del maestro y no tanto como padre o madre. Es necesario estudiar, formarnos, ya que todos sabemos que al fin y al cabo es la práctica, las acciones concretas las que nos convierten en “buenos maestros”.

Pero no hay una buena práctica sin un buen marco teórico detrás. El maestro debe tener una sólida formación antropológica y ética. Conocer qué es el hombre, de dónde viene, a dónde va, qué hacer en nuestro paso por el mundo y cuál es nuestro fin último. Gracias a esto podremos poner nombre a todo eso que vivimos en nuestras propias carnes. ¿Cómo poder enseñar a un niño, siendo fieles a la verdad, cuál es su último sentido en la vida, el porqué de su caminar, si ni siquiera nosotros somos conocedores de ello?, Pero no solo es necesario conocer y saber sobre antropología y ética, sino que es necesario y es importante dar ejemplo. El niño debe tener un referente, alguien con quien comparar las cosas que suceden a su alrededor y poder discernir sobre lo que está bien y lo que está mal. Es evidente que como seres humanos nos equivocamos y nos equivocaremos siempre, pero ¿qué hay más humano que un hombre remendando sus errores y fortaleciendo su espíritu? Esto también es necesario que los niños lo vean y lo experimenten. La vida es un camino largo y fluctuante y es aquí donde debemos educar también la resiliencia y la fortaleza que nos permiten enfrentar y aceptar los sufrimientos que son connaturales al hombre. Si los niños no conocen estas emociones no sabrán enfrentarse a este tipo de situaciones y vivirán en una constante frustración. Por eso la educación que debemos dar debe ser plena en valores, debe tener un significado detrás de todo, de lo más simple y cotidiano. No debemos esperar una gran ocasión para dar lecciones sino aprovechar las que suceden en el día a día del niño.

Y ¿qué decir sobre la afectividad? Una parte fundamental de nuestra naturaleza. Muchos caen en el error de creer que esa es tarea para adolescentes, pero luego (leyendo artículos como el que ha caído en mis manos) se dan cuenta de que llegaron tarde. La afectividad debe crearse desde el momento de la fecundación, todos sabemos que los niños crean su personalidad entre los cero y los seis años, entonces, ¿qué mejor momento para educar la afectividad? Somos conscientes que es un tema delicado y difícil de tratar, pero ese es el reto de la educación. Si los niños conocen el valor que tienen solo por el simple hecho de ser hombres, rechazar según qué vicios será más sencillo para ellos. No buscamos que la toma de sus decisiones sea más fácil, sino que sea acorde con la verdad, y que su fin sea llegar a su máxima plenitud. En conclusión, sabemos, como maestros, que luchamos con cantidad de adversidades que van a hacer más ardua nuestra tarea, pero una moral recta y fiel a la verdad y una gran vocación es el cóctel perfecto para garantizar una buena educación. La pregunta no es en qué mundo vamos a dejar a los niños, sino qué niños vamos a dejar en este mundo.