‘Avatar’ o la Humanidad como plaga

Sergio Gómez Moyano 0 Comments

Cuando acabó la película de Avatar, sentí que había vuelto de Pandora. La calidad visual de la misma y su absorbente ambientación en 3D me habían transportado a ese imaginario planeta, hijo de los píxeles y el celuloide. Que me perdonen los críticos si me mojo demasiado, pero creo haber visto una gran obra de arte. La multiplicidad y gama de los detalles artísticos plagan el filme de principio a fin. La selva iridiscente, las montañas flotantes, incluso las motas de polvo que flotaban en el aire o los insectos diminutos que lo surcaban y que se hacían visibles solo cuando algún rayo de luz incidía sobre ellos son ejemplos del despliegue de imaginación y técnica artística de los autores de la película.

En Avatar vemos a un grupo de humanos dispuestos a todo por explotar las riquezas naturales de un planeta, aunque tengan que destruir el entorno natural. Se trata, sin duda, de un paralelismo con lo que está sucediendo en nuestro planeta, por ello este tema nos toca de lleno.

La gran conciencia ecológica que se ha despertado en las últimas décadas, nos ha hecho ver la necesidad de cuidar el medio ambiente. Pero también nos está llevando a exageraciones. Si el lector ha visto “Ultimátum a la tierra”, Keanu Reeves, como alienígena, nos avisa de que van a venir a atacar nuestro planeta para librarlo del ser humano. “Si la raza humana muere, la tierra sobrevive”, afirma sin pestañear en una secuencia de la película. Esto quizá sea exagerado, pero no hace más que ahondar en una idea que parece que empieza a llegar al grado de “políticamente correcta”, que consiste en pensar que los seres humanos somos los malos, los que destruimos el medio ambiente, los incívicos de la Tierra y que el resto del planeta tiene que sufrirnos.

Cameron deja clara una idea, además puesta en boca de Jake Sully, el protagonista. Jake afirma que los humanos creen que pueden coger lo que quieran cuando quieran, aunque sea necesario utilizar todo su poder de destrucción. Y claro, en boca del bueno, suele expresar el pensar del autor. El problema es profundo y ancestral. Vivimos en una sociedad arraigada en tres raíces: la griega, la romana y la judeocristiana. Sin estas tres raíces no se pueden comprender las sociedades que han brotado de ellas, en las que vivimos. Los griegos decían que el hombre es medida de todas las cosas. Los romanos, con su derecho, dieron ordenamiento jurídico a todo lo que veían sus ojos, es decir, dominio legal sobre ello. Mientras que la tradición judeocristiana introdujo la noción del hombre como rey de la creación con el mandato de Dios de dominar la Tierra. Por todo ello, desde siempre los occidentales nos hemos creído dueños de la tierra. Y por extensión, también de Pandora. Y los obstáculos que nos priven de este derecho adquirido deben ser eliminados. Ahora bien, esta tradición de superioridad del hombre sobre la naturaleza, ¿se produce de forma natural o es una excusa para dar rienda suelta a la ambición y el afán de riquezas? En Pandora se extrae un mineral que vale 20 millones de dólares por kilogramo. Y Cameron da a entender que ese precio es razón suficiente para que los líderes de la corporación RDA justifiquen cualquier tipo de acción. En nuestra Tierra, durante siglos la hemos dominado sin dañarla excesivamente. Sin embargo, a partir de la revolución industrial el planeta sufre cada vez más por la acción masiva de la tecnología, que está obligada a avanzar a golpe de ambición productora. Con lo cual la relación indirecta que se establece en Pandora entre sufrimiento del planeta y dinero, se ha producido y se produce realmente en nuestro planeta Tierra.

Ciertamente tenemos un problema y por eso tantos protocolos de Kioto y reuniones en Copenhagen. Un filósofo llamado Hans Jonas en su libro El principio de responsabilidad escribió una idea que deberíamos tener muy presente, y que intentaré resumir a continuación. En tiempos de Ulises y de Aquiles los padres y abuelos transmitían a sus hijos la sabiduría necesaria para saber lidiar con la técnica y las vicisitudes de la vida, porque la vida no iba a cambiar tanto de generación en generación; sería básicamente igual: los hombres se desplazarían a caballo, lucharían con espadas y flechas para defender sus fronteras, y cultivarían las tierras con arados de bueyes. En cambio, hoy en día no sabemos qué nos deparará la tecnología en un plazo de 10 años. ¡Y es que 10 años ni siquiera es una generación! La tecnología avanza tan tremendamente rápido que no existe la sabiduría necesaria para conocer su correcto uso. No puede ser que, por una parte, nuestra inteligencia técnica y científica se desarrolle al mismo nivel descontrolado que una de las pasiones más absorbentes que llevamos dentro, la ambición, y que, por otra, nuestra reflexión acerca de las implicaciones y usos adecuados de esas tecnologías avance como si caminara sobre arenas movedizas. El ser humano es tan capaz de ciencia como de sabiduría, y ambas capacidades deberían desarrollarse proporcionadamente.

Algunos dicen que la tierra sola se equilibra, que no es necesario el ser humano. En Pandora, una deidad llamada Eywa se encarga de mantener este equilibrio. ¡Una deidad! La idea es bella. Eywa es todo, la unión de los seres vivientes. Un ente panteístico que mantiene la armonía en un planeta exuberante y bello. Quizá Cameron quiera decirnos hiperbólicamente que algo muy importante estamos rompiendo en nuestra tierra si destruimos su biodiversidad, su equilibrio. O quizá piense que tanto Pandora como nuestra tierra son un ente divino que atraviesa de energía toda la naturaleza, incluidos nosotros mismos. Por ello, la idea de Ultimátum a la tierra se convierte en una especie de cruzada: hay que liberar a esa divinidad de su enemigo, la raza humana que amenaza con destruirla.

Pero no podemos olvidar que el ser humano forma parte de esa misma naturaleza. Y lo triste es que si desapareciéramos de la tierra nadie se daría cuenta. Nadie sería capaz de dar un significado a esta desaparición, porque somos los únicos animales que la habitamos capaces de darnos cuenta de lo que ocurre y reflexionar sobre su significado, sus causas y sus consecuencias. Si el ser humano desaparece de la tierra, ¿no perdería el planeta una parte muy importante y única de su riqueza?

Nos toca convivir con el resto de realidades del planeta. La idea griega de que el hombre es medida de todas las cosas, está desapareciendo de las mentes occidentales. La necesidad romana de llevar el derecho a toda la tierra, se mueve cada vez más en la dirección de crear leyes locales e internacionales que protejan el medio ambiente. No obstante, la Biblia dice: “dominad la tierra”. Y esto parece una dificultad. Pero depende de cómo se mire. Más que un mandato divino es una realidad. Si el ser humano no fuera capaz de dominar la tierra (porque de hecho es capaz, aunque no de forma absoluta) sería otro ser, no el ser humano. No nos podemos diluir entre los seres inconscientes y no inteligentes. No podemos abandonar nuestra naturaleza para poder formar parte de la naturaleza. Esto sería una contradicción, de la misma manera que no podemos pedirle a un ruiseñor que deje de cantar, para formar parte de la naturaleza. Él es así. Nosotros somos así. Nuestra grandeza reside en que somos inteligentes, con lo que ello implica. Implica que somos seres tecnológicos. Es decir, tenemos la capacidad de utilizar y transformar lo que se encuentra a nuestro alrededor. No nos adaptamos al entorno, sino que lo modificamos para que se adapte a nosotros. Pero también está en nuestra naturaleza darnos cuenta de lo que hacemos y de lo que hemos hecho, y podemos calificarlo como correcto o incorrecto, bueno o malo. Y además poseemos la capacidad de mirar al futuro y de intentar preverlo.

Nuestra razón tecnológica nos ha llevado a dominar descontrolada y tiránicamente la tierra. Nuestra razón moral debería habernos permitido controlar, limitar y optimizar nuestra acción. Algunos llaman a esto sostenibilidad. Uno de los grandes retos de nuestros días es convertir nuestra tecnología en sostenible.

Lo que no puedo aceptar es que nos consideremos a nosotros mismos el factor nocivo, y por tanto prescindibles. Desengañémonos. No me atrevería a decir que dentro de la gran orquesta de la naturaleza somos el director, pero sí al menos el primer violín. No somos como los demás seres del planeta. A los demás los controla “Eywa”, si se me permite la extrapolación de la deidad Na’vi, pero un ser humano es autónomo y controla, por su libertad, su propio destino.

La traducción de la frase del Génesis 1, 28: “henchid la tierra y dominadla”, quizá habría que repensarla. La palabra griega es katakyrieusate, imperativo del verbo kata-kyrieuo. Kyrieuo viene del sustantivo Kyrios, que significa señor, mientras que kata es una preposición que puede indicar debajo o también según, indicando un sentido de distribución. El señor que aplica su señorío hacia abajo, domina. El señor que aplica su señorío en sentido de distribución, administra. Así, quizá la traducción habría que modificarla por “henchid la tierra y administradla”.

Para Cameron la solución pasa por desnaturalizarnos: vivamos con la naturaleza, entronquémonos lo mejor posible en “Eywa”, incluso perdiendo nuestra esencia humana, y desterremos a los que pretendan destruir el equilibrio. Una conclusión terrible para una hermosa película. Y cuando vemos a los hombres desfilar entre los Na’vi armados, camino de la nave que los llevará a casa, uno se siente animado a aplaudir. “Se lo merecen”, piensas. En Pandora se queda la vida ideal bajo piel azul, de cuerpos estilizados, grandes, felínicos y atléticos, sanos (las mujeres con pechos perfectos en silueta de bañador de nadadora profesional), que matan para comer pidiendo perdón a sus presas. Preciosas sonrisas. Los Na’vi, según Cameron, son más humanos que los propios humanos, una especie de superhombre que ha comprendido el equilibrio natural. Son muy humanos, muy semejantes a individuos de tribus ancestrales. Quizá nos los quiera presentar como la humanidad ideal. Externamente parecen salvajes, pero se descubren como “salvajes corteses”. Tienen todo lo que de bello vemos en la tribu ancestral. Los grandes exploradores del siglo XIX se maravillaron al descubrirlas. Pero en la película carecen de todo lo que desagrada. Por favor, Cameron, ¿quieres volver a las bucólicas de Virgilio? ¿A las odas a la vida campestre? ¿Poemas de pastores e himnos a los campos y mieses? Y a los espinazos encorvados, ¿quién compuso canciones? ¿Quién hizo metáforas de los grandes y cayosos dedos de los labradores? ¿Quién alzó una voz extasiada para alabar los sabañones y la cara cortada de los pastores que duermen al raso cuidando de su rebaño? La vida sin avances tecnológicos es dura. En junio de 1971 el doctor Robert Fox halló en la isla de Mindanao una tribu de personas que vivían como en la edad de piedra. Se dedicaban a la caza y a la recolección. Los llamaron los Tasaday por encontrarse en las cercanías de unas montañas del mismo nombre. National Geographic publicó un gran reportaje sobre el descubrimiento. Si el lector tiene la oportunidad de hojearlo, se dará cuenta de que las fotos no tienen nada que ver con los Na’vi. No hay cuerpos esbeltos y pulcros, ni trenzas relucientes. No hay exquisitez ni sofisticación en su morada. Su esperanza de vida era cortísima (ver ABC, 11/07/1971, pg. 29).

En conclusión, el tema que plantea Avatar es, sin duda, importante en los tiempos que corren y en los que vendrán. Sin embargo, la solución reflejada por Cameron en su película parece deshumanizante y adolece de idealismo e ingenuidad.