Una mirada a la leyenda negra española

Se designa «leyenda negra» a la corriente de opinión antiespañola que se desató en Europa durante los siglos XVI-XVII. Comenzó siendo una crítica a los abusos cometidos por los españoles en la conquista de América (primera mitad del siglo XVI), pero luego derivó hacia una crítica generalizada contra el imperialismo español, en particular contra la política de Felipe II (segunda mitad del siglo XVI).

La definición del concepto de la «leyenda negra» contra la monarquía hispánica sólo tiene poco más de un siglo, desde que Julián Juderías fue premiado en un concurso literario celebrado en 1913 por su libro La Leyenda negra y la verdad histórica. Juderías la reeditó ampliada («una ampliación, y si se quiere una ratificación», tal como consta en su propia presentación) en ese mismo año, ya en forma de libro, y publicó una segunda edición en 1917, añadiéndole un gran capítulo: «La obra de España». A partir de esta segunda edición, la obra ha tenido numerosas reediciones.

En resumen, podríamos decir que Juderías define así la leyenda negra: es «el ambiente creado por los fantásticos relatos que acerca de nuestra patria han visto la luz pública en todos los países, las descripciones grotescas que se han hecho siempre del carácter de los españoles como individuos y como colectividad». Y su crítica contra esos fantásticos relatos es justa y acerada, por dos razones: 1) por lo que esos relatos fantásticos no dicen («la negación o por lo menos la ignorancia sistemática de cuanto es favorable y hermoso en diversas manifestaciones de la cultura y el arte»); y 2) por lo que dicen («las acusaciones que en todo tiempo se han lanzado contra España, fundándose para ellos en hechos exagerados, mal interpretados o falsos en su totalidad»)[1].

La difusión de la expresión

Luis Español Bouché publicó la primera biografía sobre él en 2007[2] enfatizando que Juderías fue el gran difusor de la expresión «leyenda negra» pero no el inventor. Ya la había empleado la escritora Emilia Pardo Bazán en 1899 durante una conferencia en París en la que sostenía que la «leyenda áurea» española había dejado de existir tras el desastre de 1898 y ahora se imponía la «leyenda negra»: «Tengo derecho a afirmar que la contraleyenda española, la leyenda negra, divulgada por esa asquerosa prensa amarilla, mancha e ignominia de la civilización en los Estados Unidos, es mil veces más embustera que la leyenda dorada. Ésta, cuando menos, arraiga en la tradición y en la historia; la disculpan y fundamentan nuestras increíbles hazañas de otros tiempos; por el contrario, la leyenda negra falsea nuestro carácter, ignora nuestra sicología y reemplaza nuestra historia contemporánea con una novela, género Ponson du Térail, con minas y contraminas, que no merece ni los honores del análisis». Y también usó la expresión «leyenda negra» el también escritor Vicente Blasco Ibáñez durante una conferencia en el teatro Odeón de Buenos Aires en junio de 1909: «Quiero hablaros de la leyenda negra de España, surgida como una consecuencia de opiniones falsas vertidas en varios siglos de propaganda antipatriótica, de la magnífica epopeya desarrollada durante los siete siglos de la reconquista que hizo de nuestra patria un hervidero de razas y preparó al advenimiento de la otra epopeya: la del descubrimiento del Nuevo Mundo».

¿Fueron unos santos los españoles? ¡Por supuesto que no! El choque de culturas debió de ser brutal, con el trabajo forzado de los indios en las minas de oro o pescando perlas en el mar o explotándolos en el régimen de la encomienda. En ningún momento, pues, defenderé las abominables brutalidades de los españoles contra los indios. Pero, para tener una visión más equilibrada, sí quiero destacar dos puntos:

  • El atraso cultural de América respecto a Europa era enorme. Para algunos ensayistas los aborígenes tenían una cultura superior. Bueno… la verdad es que aún no conocían la rueda, ni el hierro, ni la navegación por río o por mar, ni el caballo o los bueyes, los incas no sabían escribir (en el Mediterráneo, todos estos «inventos» se conocían desde hacía siglos o milenios), no tenían armas de fuego… Realmente estaban atrasados.
  • Tampoco ellos eran unos santos. Yo me pregunto: ¿cómo es posible que Cortés, con sólo unos cientos de hombres, conquistase un imperio de millones de personas? Pues porque el imperio mexica se basaba en el dominio de los aztecas sobre muchos otros pueblos sometidos, y Cortés supo aliarse con éstos para vencer a aquéllos. Los aztecas no eran precisamente unos angelitos: practicaban los sacrificios humanos, lanzaban periódicamente «guerras floridas» contra sus enemigos (tenían poco de flores y mucho de guerra), sus pirámides no eran máquinas de vida como en Egipto sino de muerte, los sacerdotes de su dios el Desollado se llamaban así porque se revestían con la piel desollada de sus enemigos, el «juego de la pelota» acababa con la muerte del vencido, arrancaban el corazón aún latente de sus víctimas y se las comían… Basta leer la obra de fray Toribio de Benavente, nada sospechoso de «españolista» para ver cómo se horroriza ante algunas costumbres de los aztecas. ¡Y así se comprende cómo y cuánto apoyaron a Cortés los pueblos indígenas sometidos por los aztecas para derrotar a éstos!

Filias y fobias

En la actualidad, el debate está más que nunca candente, fundamentalmente por el momento político que vivimos, lo que atrae, sobremanera, a los medios de comunicación. Entre los historiadores y especialistas del tema cabe destacar las aportaciones de María Elvira Roca Barea con su Imperiofobia y leyenda negra. Roma, Prusia, Estados Unidos y el Imperio Español (Siruela, 2016), obra en la que la autora fustiga la imagen negativa difundida por los protestantes contra la monarquía española, y José Luis Villacañas, con su Imperiofilia y el populismo nacional-católico (Lengua de Trapo, 2019), en el que este filósofo pretende romper con el tópico de que la leyenda negra sea solo propaganda antiespañola creada por los protestantes europeos y asumida por la Ilustración.

Cabe recordar también que el historiador Ricardo García Cárcel en su El demonio del Sur. La leyenda negra de Felipe II (Cátedra, 2017) ofrece una visión más atemperada de la cuestión ahondando en lo que la leyenda negra tuvo de descalificación externa pero también en la importancia de la autocrítica dentro del propio seno de la monarquía.

Si la Apología de Guillermo de Orange, en 1581, llegó a arremeter contra cuestiones personales del propio Felipe II como que había matado a su propio hijo Don Carlos, ello no dejó de suscitar interés a lo largo de los siglos ¡Hasta Schiller escribiría una tragedia sobre Don Carlos, y Verdi una ópera! Pero hoy día y como estudiante de periodismo abogaría porque, de las lecciones de la historia aprendidas, no vuelva a repetirse como en el pasado, que la libertad de opinión no derive en distorsión de la información y no minimice la realidad objetiva y veraz de los hechos, y tenga en cuenta la contrastación de fuentes, en aras de un periodismo de futuro sólido, edificante y que retome la investigación como herramienta indispensable para evitar la manipulación.

—————————————-

Nota del autor: «Hacer referencia a la profesora Rosa Mª Alabrús que, a través de sus clases, seminarios y talleres de Historia de la Información y de la Opinión, en el marco de la asignatura de Historia y Sociedad, me ha proporcionado abundantes recursos para lanzarme a la aventura de escribir y divulgar».

[1] R. García Cárcel, La leyenda negra. Historia y opinión, Madrid, Alianza, 1992, p. 13-22 (reeditado por Anaya en 2008)

 

[2] L. Español Bouché, Leyendas negras: vida y obra de Julián Juderías, Salamanca, 2007