El viaje de los refugiados hacia el paraíso perdido

“Hace ya 3 años que huí de mi país, Siria. Me fui por varios motivos. Por aquel entonces yo ya había acabado mi carrera de Filología Española en la universidad y por lo tanto ya debía ingresar en el servicio militar obligatorio. Pero yo no quería. Decidí escaparme. Mis padres también me pidieron – por no decir obligaron – que me fuese de Siria junto a mi hermano. ¿Por qué? Perdí a mis otros dos hermanos desde que la guerra empezó. Hace cuatro años que murió mi hermano mayor al caer una bomba cohete sobre mi casa.  Mi otro hermano está detenido en la cárcel desde hace tres años y medio por negarse a ingresar en el servicio militar. Perdí a ambos en un mismo año. Mis padres no nos dieron otra opción.”

Esta es la historia de cómo y por qué Mohammad El Gazawi, un joven sirio de 27 años, huyó hace tres años de su país en busca de refugio en Europa. En su caso, la guerra civil que estalló hace cuatro años en Siria, es el motivo de su marcha. Debido a importantes olas de refugiados, como por ejemplo la de los sirios, existe entre los ciudadanos europeos una cierta tendencia a llamar o a entender por refugiado solo a personas que huyen de una guerra. “Hay muchos más refugiados a parte de los sirios que atraviesan el mar y que van a Grecia. Es una situación gravísima que se tiene que denunciar, pero existen otros muchos refugiados” explica Laia Creus, coordinadora de la asociación Casa Nostra Casa Vostra. “Los que cruzan el Mediterráneo en una balsa empujados por el hambre también son refugiados”, añade.

Sin embargo, son muchos los motivos que llevan a la gente a escapar. Las guerras, las violaciones de derechos humanos o la persecución son razones por las que la gente huye, pero también la pobreza, la desigualdad o el cambio climático. De acuerdo con la Convención de Ginebra sobre el Estatuto de los Refugiados de 1951, se considera refugiado a aquella persona que “debido a un miedo fundado de ser perseguido por razones de raza, religión, nacionalidad, membresía de un grupo social o de opinión política en particular, se encuentra fuera de su país de nacimiento y es incapaz, o, debido a tal miedo, no está dispuesto a servirse de la protección de aquel país».

Actualmente, Siria es el país del que más personas huyen del mundo. De acuerdo con la Agencia de la ONU Para los Refugiados (ACNUR), casi 5 millones de personas han salido del país desde que comenzó la guerra. Pero no son los sirios los únicos que huyen de su hogar. Según ACNUR, la mayoría de los refugiados en el mundo provienen principalmente de dos regiones: Oriente Medio (Siria, Irak y Yemen) y de África Subsahariana (Sudán del Sur, República Centroafricana, Nigeria, Burundi, República Democrática del Congo y Mali).

En muchas ocasiones las sociedades occidentales olvidan que el ser refugiado no corresponde a ningún territorio geográfico concreto. Es cierto que durante la última década la mayoría de conflictos han tenido lugar en países de Oriente Medio. Sin embargo, Occidente también vivió una situación parecida. Durante la Guerra Civil española, miles de españoles cruzaron la frontera hacia Francia. Según datos de ACNUR, el Gobierno francés registró una cifra de 440.000 refugiados españoles en su territorio. Muchos de ellos huyeron a países del continente sudamericano, como Argentina, México, Chile, Venezuela, Santo Domingo o Puerto Rico.

El viaje

“De Siria viajamos a Estambul. Trabajé durante unos meses y aprendí el turco, pero decidimos irnos, no me gustaba la vida ahí. Mi hermano y yo decidimos viajar a Grecia en barco. Pagamos 700 dólares al traficante que nos consiguió el barco – son todos unos mafiosos-. Llegamos a una isla militar en Grecia. Estaba llenísima de gente. Pasamos ahí un día y medio sin comer, sin beber, sin nada. El viaje en barco fue peligroso. Teníamos miedo. El viaje fue largo y había muchos niños y mujeres embarazadas.

Me trasladaron a Leros. Pasé cinco días ahí hasta conseguir los documentos necesarios para entrar en Europa. Cuando los conseguimos, viajamos de nuevo en barco hasta Atenas. Pagamos otros 75 euros. Mi primera opción de destino era Alemania – hay trabajo y tengo familiares ahí-. Pero cuando llegamos, cerraron las fronteras.  Pasé los siguientes diez meses de campo de refugiado en campo, hasta que por fin recibí la notificación de que España me aceptaba”.

Un refugiado puede llegar a Europa a través de distintos medios mayoritariamente proporcionados por las mafias. Las pateras o pequeñas embarcaciones son el medio principal: pagan grandes cantidades de dinero a cambio de una plaza. Suelen ser largas travesías. Muchos no consiguen llegar y mueren ahogados. “Los refugiados salen de Turquía y cruzan hasta alguna de las islas griegas. Las zonas más cercanas están a unos 300 km.” cuenta Esther Camps, voluntaria de la ONG Proactiva Open Arms. Una vez llegan a tierra firme, son llevados a centros de identificación y otras organizaciones o las mismas autoridades del país se encargan de ellos. Pueden ser destinados a campos de refugiados o centros de detención.

El miedo y el sufrimiento no terminan cuando los que huyen de su país llegan a los campos de refugiados. Los ciudadanos se han acostumbrado a ver en los medios imágenes de estos campamentos y ahora les parecen normales. Según el último estudio publicado en 2017 por ACNUR, la agencia de la ONU, la cifra total de los refugiados marcó un récord histórico. Un total de 22,5 millones de personas se vieron obligadas a abandonar su país como consecuencia de la guerra y la violencia. Puede parecer que una vez llegan al campo todo ha acabado. Sin embargo, estos lugares no reúnen las condiciones necesarias para proporcionar un mínimo nivel de vida o al menos unas condiciones dignas. El alojamiento proporcionado no está preparado para combatir ciertas adversidades climatológicas como las bajas temperaturas o el barro.

Lo cierto es que las personas suelen permanecer allí durante meses e incluso años a la espera de encontrar asilo en cualquier país europeo. El tiempo libre es inevitable. La gran mayoría de ellos no tienen nada que hacer. Otros, utilizan sus habilidades o su formación previa para ayudar. Mohammad, es licenciado en filología hispánica y además habla Inglés y  Árabe, ejerció como traductor entre los voluntarios de las organizaciones y los refugiados. El camino no acaba en el campo de refugiados, para ellos es el inicio de otro largo viaje.

Proceso legal

“Una vez nos comunicaron a mí y a mi hermano que España nos aceptaba, cogimos un avión a Madrid. Ahí nos estaba esperando Cruz Roja. De Madrid nos mandaron a Berga, Cataluña. Vivimos durante 7 meses en un albergue. Fueron unos meses de vida muy mala. Compartimos hogar con otros muchos refugiados. La comida me sentó mal, tardé en acostumbrarme a ella. Después de luchar durante 7 meses con la Cruz Roja, el Gobierno nos concedió la residencia para 5 años, el permiso de trabajo y el pasaporte. Me llevó dos años llegar a España. Dos años. En muchas ocasiones perdí la esperanza. Pero entonces me decía a mi mismo: ánimo, adelante.”

El tratado de Ginebra, citado anteriormente, es donde se encuentra el fundamento jurídico de la palabra refugiado. Esta es una convención internacional que define quién es refugiado y decide las reglas de los individuos a los que se les garantiza el asilo y las responsabilidades de las naciones que garantizan el asilo. El convenio está ratificado por casi todos los estados democráticos del mundo, España entre ellos.

Existe especial confusión en los medios de comunicación y en la opinión pública a la hora de referirse a los refugiados y a los demandantes de protección subsidiaria. Àngel Miret, coordinador del comité para la acogida de las Personas Refugiadas de la Generalitat de Catalunya, explica que el refugiado “debe acreditar personalmente la razón por la cual huye de su país, no es suficiente que lo manifieste”.  Es decir, el refugiado debe acreditar quién o por qué es perseguido y la razón de su huida.

Por otro lado, la protección subsidiaria se concede a los extranjeros que no son refugiados, pero se encuentran en determinadas situaciones de riesgo. Miret pone como ejemplo los refugiados sirios, “ya que a casi todos los que piden protección internacional se les concede simplemente si acreditan que son sirios, debido a la situación de peligro en su país de origen”. En España la mayoría no son demandantes de refugio, sino que son demandantes de protección subsidiaria.

Según el artículo 149 de la Constitución Española la determinación de condición de refugiado o de persona subsidiaria es decisión del Estado. “También es competencia del Estado determinar si los motivos por los cuales la persona  pide asilo son reales, para luego aceptar provisionalmente su solicitud”, explica Miret.

Si se admite a trámite la solicitud se inicia un proceso mediante el que se documenta a la persona con una tarjeta blanca – tarjeta sólo de residencia- y se inicia un periodo que puede durar de 6 meses a 3 años. En este periodo el Estado puede decidir si le concede o no el permiso de residencia al refugiado.

Durante esta etapa de decisión el demandante de asilo no puede salir de España, aunque el Estado le ofrece dos alternativas.  La primera opción es ir por su cuenta y circular libremente por España. A los 6 meses se le concede un permiso de trabajo – la tarjeta roja- y si más tarde aceptan su documentación, puede empezar su vida ordinaria en el país.

La otra alternativa va dirigida a aquellos que no tienen recursos para ir por su cuenta. Estos pueden pedir ayuda al Estado y ponerse bajo la tutela de una entidad contratada por el ministerio. Se les establece una serie de ayudas básicas como un programa de trabajo de un máximo de 2 años, vivienda, comida o ayuda psicológica.

La Generalitat también tiene sus propias competencias en relación a los derechos de los refugiados o demandantes de asilo. Dentro sus competencias, la institución catalana ofrece escolarización a los hijos, un sistema de salud y servicios sociales especializados. Aunque Àngel Miret admite que actualmente hay un conflicto abierto con el Estado. “Un juez aprobó una sentencia recientemente que daba la competencia a la Generalitat de atender a los refugiados una vez llegaban a Cataluña y darles las ayudas necesarias de educación, salud y servicios sociales”, cuenta Miret. Pese a esta sentencia el Estado no reconoce la pertenencia de esta a la Generalitat.

Además de los tres ámbitos básicos en los que ayuda la Generalitat, trabajan también con otras tres cuestiones fundamentales: el programa catalán de refugio, la renta garantizada de ciudadanía y la colaboración con entidades.

En relación al programa catalán de refugio, la Generalitat cuenta con más de 3000 voluntarios formados que se comprometen, durante un periodo de un año, a hacer un seguimiento y un acompañamiento de un grupo o familia de refugiados. Estas ayudas consisten básicamente en acompañamiento lingüístico, ayuda a encontrar trabajo y conocimiento del entorno del país.

La renta garantizada de ciudadanía es un derecho que entró en vigor en 2017, que ampara a toda la ciudadanía de Cataluña y que tiene como finalidad que las personas y familias en situación de pobreza tengan asegurados los mínimos para una vida digna. Las personas refugiadas o con demanda de protección subsidiaria que cumplan con las condiciones exigibles podrán solicitar la renta, como cualquier otro ciudadano. También trabajan con entidades sociales que fundamentalmente ayudan a los refugiados a encontrar trabajo y vivienda.

La cifra de refugiados que entran cada año en territorio español es una cuestión que carece de transparencia, ya que el estado no publica las cifras oficiales. “En 2017 pidieron asilo en España unas 49.000 y a un alto porcentaje se les ha denegado la solicitud”, cuenta Miret. Hay una aceptación de demanda (y por lo tanto de entrada), amplísima, pero en cambio hay un número altísimo de denegaciones. “Después de estudiar cada caso hay un 70% de denegaciones”, añade. Si le deniegan el asilo, es decir, si las autoridades españolas no le reconocen como refugiado, el demandante tiene que marcharse del país. Si por lo contrario aceptan su solicitud, se les otorga un permiso de 5 años y pueden empezar su vida en su nuevo país.

La acogida

“Yo encontré piso por mi cuenta, sin la ayuda de nadie. Pasé bastante tiempo buscando piso. Busqué en muchos lugares: Barcelona, Sabadell, Terrassa, Granollers. Pero no había manera de conseguirlo. La gente tiene miedo, miedo de los refugiados. Finalmente encontré un piso en Manresa de 6 habitaciones. Vivo con otros cuatro chicos refugiados.”

Una vez llegan al país que se les ha asignado deben intentar rehacer su vida: buscar hogar y trabajo. Pero, si ya es una tarea difícil para cualquier ciudadano de a pie para ellos las dificultades se multiplican.  El proceso de acogida se divide en dos etapas principales: la adaptación y la búsqueda de un techo.

De acuerdo con la normativa europea, España dispone de un programa estatal de acogida a los refugiados. Este mecanismo se basa en la valoración, intervención y acompañamiento adaptado a cada situación. Dependiendo del grado de autonomía de cada refugiado el programa se divide en tres fases: acogida en centro, integración y autonomía.

Durante los primeros 6 meses los refugiados son trasladados a centros o dispositivos de acogida, como albergues. De este modo se les proporciona una cama y un sitio donde comer y atención psicológica. Se trata de cubrir sus necesidades básicas. En este tiempo conviven con otros muchos refugiados, descubren dónde están, tienen un primer contacto con el idioma etc.

A partir de la segunda etapa finaliza su estancia en el dispositivo de acogida. Durante el siguiente medio año el Estado les da una ayuda económica, unos 300 euros aproximadamente. La finalidad de esta fase es promover su autonomía e independencia. Con este dinero los refugiados tienen que buscar una casa o un lugar en el que vivir.  “Se considera que en esta etapa ya tienen que ser más independientes y tienen que empezar a rehacer su vida” comenta Laia Creus.

Y finalmente la tercera fase, los últimos seis meses. Se considera que en este periodo el destinatario podrá necesitar apoyo o asistencia de manera esporádica y en determinadas áreas. pero ya ha asumido un nivel de autonomía suficiente.

Pero llegar a esta tercera fase no es tan sencillo. En primer lugar encontrar piso no es fácil. Cataluña es una de las comunidades autónomas con un coste de la vida más elevado del país. Según la Sociedad de Tasación, en 2017 el precio de la vivienda en España experimentó un crecimiento del 5%. Lo que supone la mayor subida en los últimos 10 años. Además, el informe reveló que Barcelona es la capital de provincia más cara. Todo esto son dificultades añadidas para una persona que solo dispone de 300 euros.

El buscar piso es el problema central de un refugiado una vez ha sido admitido en el país. Cuando una persona quiere alquilar un piso debe demostrar su solvencia al casero mediante la presentación de una copia de la nómina, la declaración de la renta o incluso los movimientos bancarios. Para un refugiado esto es un problema porque debido a su condición no disponen de ninguno de ellos. Laia Creus explica que “Normalmente cuando empiezan a buscar piso todavía no tiene el permiso de trabajo, llega después”.

Tener una vivienda propia no es una opción que una persona refugiada se plantee, lo más común es el compartir piso. Para ello existen asociaciones como Refugees Welcome. Jaume Buch, coordinador de esta organización, describe su función como “Intentar mejorar la inclusión social de las personas solicitantes de asilo a través de la vivienda compartida”.

Si al factor económico, que ya supone un gran obstáculo, le sumamos los prejuicios sociales el problema es casi irresoluble. El elemento social aquí es clave. Laia Creus insiste en que “Hay un racismo institucional y también social. A la que dicen Me llamo Mohammad entonces el piso de repente ya no está disponible o se lo han alquilado a otra persona”.

En Febrero del 2017 en Barcelona se celebró una manifestación masiva por los refugiados. Más de 300.000 personas, según la asociación organizadora’ Casa Nostra, Casa Vostra, manifestaron su deseo de acoger a estos demandantes de asilo. Se trata de un caso puntual. Es cierto que a partir de la manifestación se ha dado un crecimiento de las familias que desean acoger, pero la gran mayoría de la población  no piensa igual.

Jaume Buch, de Refugees Welcome, cuenta que “ahora mismo tenemos 14 convivencias en Cataluña”. A través de esta organización los refugiados pueden ir a vivir con una familia que se haya ofrecido previamente a acoger. Suelen pasar periodos de tiempo de seis meses o un año, el tiempo que necesiten para encontrar un trabajo o un piso. Es decir, hasta que consiguen cierto grado de autonomía.

Un ejemplo de este sistema es Pedro Tord. En el último año ha tenido en su casa a dos refugiados distintos. “Primero tuvimos a Hussaim, refugiado de Bangladesh, y luego a un chico de Afganistán que lleva 6 meses viviendo con nosotros”.  La convivencia con una persona que no pertenece a la familia o que no es conocido es complicada. Las familias que acogen deben adaptarse a la persona que acogen y viceversa. “La convivencia implica una serie de cambios como por ejemplo el menú. En nuestro caso este chico por su religión no come cerdo. Pero, supongo que para ellos también tiene que ser difícil ya no solo el hecho de huir sino de tener que adaptarse a una familia desconocida y tener que convivir” explica Pedro Tord.

Muchas familias no quieren acoger principalmente por miedo. No todo el mundo es capaz de “meter un desconocido a vivir en su casa”.  Si además esta persona es de otra religión, la mayoría de casos musulmana, y que no habla bien o directamente no habla el idioma la desconfianza es mayor.

Laia Creus, de Casa Nostra Casa Vostra, pide que “hay que acabar con los tópicos. Nos tiene que dar igual que alguien se llame Mohammed o Paula”. Como cuenta Tord “Algunas personas tienden a hacer generalizaciones del estilo <<es que los musulmanes son así>> o por ser musulmanes ya desconfían”. Existe un cierto recelo o temor en primer lugar hacia un desconocido y después hacia la religión musulmana. Creus quiere aclarar que “el problema es la existencia de un ellos y un nosotros, y hay que romper con esto”.

Refugiados y terrorismo

En Europa, refugiados, inmigración y terrorismo se presentan muchas veces como parte de lo mismo. Existe la tendencia a asociar a las comunidades de inmigrantes o refugiados con comunidades peligrosas, radicales. Los numerosos ataques terroristas que han tenido lugar los últimos meses y años en Europa, llevados a cabo por miembros del grupo terrorista ISIS (Estado Islámico de Iraq y Siria en sus siglas en inglés), no han hecho más que agravar la situación.

Desde entonces, sobre todo por lo que se refiere a la población musulmana, la discriminación y la exclusión de esta han aumentado, y con ello, también el miedo a acoger. “Es evidente que los atentados de Barcelona y de Europa en general  han marcado un antes y un después en la situación de los refugiados”, asegura Dolors Bramon, historiadora y profesora universitaria especialista en el mundo musulmán.

Desde el inicio de la ola de atentados en Europa, los sectores más conservadores del continente se han pronunciado en contra de la acogida de refugiados alegando que es muy posible que se encuentren terroristas, combatientes del ISIS entre ellos.  Frente al miedo de una ola de xenofobia en Europa, las instituciones europeas han recordado en numerosas ocasiones que no se debe confundir a los terroristas con los refugiados. De acuerdo con el presidente de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker, son los propios refugiados quienes “huyen de la filosofía y mentalidad” de radicales que han perpetrado los últimos atentados.

“Muchos de los sirios que conocí en Grecia me escribieron el día de los atentados en Barcelona preguntándome cómo estaba, porque ellos huyen precisamente de eso. Para ellos es paradójico que estén huyendo de ese terrorismo y que cuando llegan aquí se les acuse de terroristas. No tiene ningún sentido. Tenemos que acabar con estos tópicos”, cuenta Laia Creus. “Si entre miles de refugiados que vienen hay uno que puede tener ciertas intenciones, ¿Qué hacemos?, ¿No dejar entrar a ninguno? Eso no tiene ningún sentido como sociedad”, añade.

Vincular el terrorismo con las personas refugiadas no es algo que afecta solo a su proceso de acogida, sino también al día a día de los refugiados. “Pasé bastante tiempo buscando piso. Busqué en muchos lugares: Barcelona, Sabadell, Terrassa, Granollers. Pero no había manera de conseguirlo. La gente tiene miedo, miedo de los refugiados” asegura Mohammad.

De acuerdo con Bramon, la solución a este problema se encuentra en la educación. “Todo proviene de un desconocimiento que desemboca en desconfianza. Todo esto se arreglaría con educación” afirma, y añade que  “Debemos deseducar y luego intentar educar”.

El día a día de los refugiados

“Una vez estaba instalado en Manresa, me puse a buscar trabajo. Me cogieron para el puesto de recepcionista en un hotel de Barcelona. Hablar 6 idiomas me ayudó. También soy el responsable de prácticas. Trabajo 8 horas al día de lunes a sábado. Cojo el bus cada día para llegar a Barcelona. Cuando tengo tiempo voy a comprar a una tienda de comida árabe en Manresa y cocino platos típicos de mi país. Hecho de menos la comida de ahí”.

Mohammad ha logrado rehacer su vida. Pero no todos tienen la misma “suerte”.  Las barreras del idioma, la inestabilidad residencial, el desempleo y muchos otros factores condicionan la integración de los refugiados.

A estas alturas prácticamente nadie duda que supone mucha valentía cruzar el mar en una patera, ponerse en manos de mafias para atravesar países clandestinamente o, simplemente, tener el valor para dejar tu casa y tu país. Pero las dificultades no se quedan atrás una vez llegan a su destino, ya que surgen nuevos obstáculos en la integración de los refugiados en un país y una cultura nueva. La integración siempre es un paso difícil de emprender y más cuando lo haces porque no tienes otra opción.

Empezar de cero nunca es fácil y menos  para las personas que huyen en busca de una vida mejor y lo dejan todo atrás. Una vez llegan a España los refugiados no tienen nada y el resultado es que las condiciones en las que este colectivo trata de rehacer sus vidas no son óptimas.

Sus vidas cambian por completo. No solo por encontrarse en otro país y fuera de casa, sino que su nivel de vida también cambia. A nivel económico,  pero también a nivel profesional. Al huir de su país también dejan de lado, en la mayoría de los casos, sus profesiones, sus carreras. “Yo tengo un amigo que estaba a punto de acabar la carrera de medicina en Siria. Ahora está en alemania y trabaja de camarero, difícilmente llegará a ser médico”, asegura Mohammad.

El paraíso perdido

“No tengo pensado volver a Siria. Mi país está en guerra porque países poderosos se enfrentan en él. ¿Y quién carga con la culpa? La gente, los niños que murieron durante el ataque químico. La guerra no termina. Yo viví la guerra. Viví debajo de las bombas. Tuve suerte de salir. Después de mucho esfuerzo he llegado al paraíso perdido, España, y espero poder quedarme“.

La cifra de refugiados sigue creciendo año tras año. Siria, Afganistán y otros países de oriente medio y África son el foco central del problema. El resto o como ellos los denominan “los países occidentales” no cumplen con sus cuotas ni con sus iniciativas. Miles de personas siguen jugándose la vida en busca de un lugar en el que poder vivir o en el que no corran peligro. Cada uno de ellos sigue buscando su paraíso perdido.