‘El Mercader de Venecia’

La más malinterpretada de las obras de Shakespeare

José María Forment Costa

El Mercader de Venecia es una comedia de Shakespeare que narra la historia que se sucede después de que Bassanio, un noble veneciano, pide dinero a un rico mercader, Antonio, para poder enamorar a Porcia. Antonio, sin embargo, no dispone de él, y se lo pide prestado al judío Shylock, que acepta el trato con la condición de que si el préstamo no se le devuelve dentro del plazo, Antonio deberá darle una libra de su propia carne.

Pese a haber sido deformada por el tiempo y las numerosas versiones, esta obra es profundamente católica, como se desprende de las tres pruebas sobre las que Shakespeare vertebra la historia. La primera de ellas, en la que Bassanio debe elegir un cofre de oro, de plata o de plomo para poderse casar con Porcia, es una enseñanza referente al amor verdadero. El amor no  es un mero deseo apartado de la entrega, tal y como simboliza el oro; ni es tampoco una medalla otorgada por nuestra valía, tal y como representa la plata, ya que ambas actitudes implican valorar al otro en la medida del deseo de uno mismo y por tanto, cosificarlo. El amor es la entrega total, sin condiciones y para siempre –“ya que esta buena fortuna os alcanza […] no busquéis otra nueva”-, tal y como encarna el débil plomo. Al escogerlo, Bassanio se  abandona a sí mismo y a su vez es acogido por Porcia para iniciar su matrimonio.

La segunda prueba -plasmada en el juicio contra Antonio, que no logra devolver el dinero a tiempo- es una alabanza de la virtud de la misericordia en contraposición a la mera justicia que reclama Shylock. Shakespeare la presenta como la virtud que más aproxima el poder terrenal al poder divino. No es casualidad que quien muestra la nueva ley, el doctor Baltasar, –Porcia disfrazada– venga de Roma, como símbolo de la Iglesia Católica. El juicio puede ser visto como una alegoría de la historia de la salvación en la que la antigua ley judía es completada por la nueva ley cristiana. Esta ley defiende que para alcanzar la misericordia es preciso haber sido misericordioso previamente –“la medida que uséis, la usarán con vosotros” (Lucas, 6; 35)-, por lo que Shylock recibe únicamente aquello que ha otorgado: justicia.

La tercera prueba, la de los anillos, complementa las dos anteriores ahondando en el amor verdadero y en la misericordia. La prueba emerge a partir de la actitud de Bassanio, que evidencia que no ha asumido lo que implica la entrega total del matrimonio al declarar que sacrificaría a su mujer para librar a Antonio. Porcia, mediante la exquisita ingeniosidad del enredo de los anillos, le reclama la entrega absoluta, le ilustra sobre la indisolubilidad del matrimonio y perdona su falta. Bassanio, ante esta muestra de amor y misericordia, percibe que el amor acogedor de Porcia es un regalo que no merece por sus méritos.

Sin embargo, la crítica post-moderna, las actuales puestas en escena en los teatros y -cómo no- las adaptaciones cinematográficas, han transformado el mensaje católico de la obra en mensajes alejados de cualquier indicio de la realidad de la obra de Shakespeare. Así, el amor paternal y cuasi cristológico de Antonio – “nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos(Juan, 15;13)- queda transformado en amor homoerótico; la belleza del sacrificio y la confianza filial de Porcia quedan desfiguradas a través de la presentación de la mujer como esclava en una sociedad patriarcal; la crítica a la práctica de la usura – censurada por el catolicismo en tiempos de Shakespeare y eje central del conflicto con Shylock- queda tergiversada en insulto antisemita; y la enemistad teológica entre judíos y cristianos queda distorsionada –visión afectada por lo ocurrido en la Alemania Nazi -al mostrarse como enemistad racial y convierte al villano Shylock –villano judío, pero no villano por ser judío- en un héroe marginado. Ante este panorama de crítica e interpretación de la obra, para lograr encontrar respuestas antropológicas auténticas uno debe centrarse en lo que Shakespeare dice en el texto, y no en lo que los críticos desean que Shakespeare diga.