“Leer es como jugar: entender que no hay otras reglas que las que el autor imponga en su novela”

Carmen de la Llave. 4º de Periodismo y CCPP

Miguel Aranguren (Madrid, 1970) se sumerge con su nueva novela ‘El arca de la isla’ en el género de aventuras. Tras La sangre del pelícano, encara su decimoprimera historia procurando que el lector pueda sentirse mejor persona a través de lo que le ocurre a los personajes, combinando distintas épocas históricas para hacer una crítica acérrima en contra de la falta de ética que muchas veces acompaña al progreso y a la ciencia

¿Cómo prepara cada una de sus novelas?
Cada una de ellas forma un mundo propio, en el sentido de que no puede entenderse que un autor siga una plantilla. Hay razones para escribir una novela que nada tienen que ver con las que motivan lanzarse a por otra. En mi caso, lo único en común es mi deseo de transmitir algo bueno, el compromiso de que el lector pueda sentirse mejor persona a través de los avatares que viven mis personajes, ya que procuro que estos crezcan con el libro, que mejoren algún aspecto clave de su vida. Pero el origen puede ser muy diverso: desde las emociones que me ha provocado un viaje a cualquier reto social.
Con El arca de la isla ha pasado de la novela histórica de su exitosa obra La hija del ministro al género de la aventura.

Hay dos condicionantes para el cambio: no deseo convertirme en un autor de género por el hecho de que una de mis novelas se haya vendido bien. Y quiero crecer como escritor y que mis lectores crezcan conmigo. Por eso me plantee recuperar el género de la aventura, tal y como se concebía en el siglo XIX, pero dándole unas coordenadas propias de nuestro tiempo. A su vez, me inquietaba el «posibilismo» de nuestro mundo, es decir, que por ser la parte rica de la tierra y contar con capacidad investigadora, nos neguemos a analizar la ética en determinados descubrimientos científicos. Piense que hoy es posible concebir seres humanos en una probeta, seleccionar e implantar embriones o clonar seres vivos. Es un material más que interesante para trasladarlo al ámbito de la ficción literaria.
La ética y el progreso tecnológico muchas veces no van de la mano, ¿Qué claves existen para que jueguen en un mismo equipo?

Creo que sólo es necesario tener presente la infinita dignidad de cada ser humano. Para los que somos padres, conviene recordar que los hijos no nos pertenecen: tienen un proyecto vital único y lo natural es que sigan en la tierra una vez nosotros hayamos muerto. Por tanto, ¿a qué jugar?, ¿a ser diosecillos de la vida y de la muerte? Un hijo no es un perro, una mascota, sino un conjunto de posibilidades que excede de nuestra capacidad de control. Por eso, me encantan los padres que creen en la libertad de los hijos y me asustan aquellos que pretenden controlarlo todo. Y me asustan mucho más, claro, los científicos que ignoran la deontología profesional y alzan o bajan el dedo frente a la vida más débil, la vida embrionaria, que merece un cuidado reverencial.

 

¿Para qué tipo de lector escribe más cómodo, jóvenes o adultos?

Para el que disfruta leyendo, más allá de la edad que pueda tener. Leer es como jugar: entender que no hay otras reglas que las que el autor imponga en las páginas de su novela. Y cada lector que se asoma a El arca de la isla decide jugar conmigo en un mundo paralelo al real, al que ahora mismo vemos y tocamos. Por tanto, no importa tanto la edad como la libertad del lector para abrir la primera página.

 

¿Por qué ha escogido personajes tan dispares para protagonizar la novela?
En la obra se mezclan diferentes maneras de mostrar la ambición humana, la buena y la mala. Por eso la diversidad de escenarios y de personaje.

 

También su pasión por África vuelve a verse reflejada. ¿Qué le atrae de este continente?

África es inmensa y son muchas sus caras. En todo caso, hay extensísimas regiones a las que no llega Internet ni la cobertura de los teléfonos móviles. En lugares así es posible vivir una aventura auténtica, no como aquí. El hombre occidental ha decidido esclavizarse por la tecnología hasta el paroxismo de estar en el cine y ver que el espectador de la butaca de al lado se pasa la película recibiendo y mandando mensajes desde su móvil. ¿Qué mundo de los dos le resulta a usted más atractivo? Creo que es fácil escoger.
Los jóvenes de hoy en día sufren a los compromisos. ¿Mario lucha contra estos muros en El arca de la isla?

Mario es un tipo genial. Con 17 años se atreve a que la vida le sorprenda y rompe el argumentario que cualquiera puede esperar de su propia vida. No le tiene miedo a la sorpresa de lo inesperado, y eso le hace grande, un ejemplo a seguir. Los jóvenes de hoy tienen mucho miedo a lo no conocido, por eso viven sujetos a normas y a falsas rebeldías, incapaces de cerrar los ojos y dar un salto en el vacío.

 

¿Y qué deben hacer?

Merece la pena tener en cuenta que vivimos una sola vez y que nada hay más desgraciado que vivir con la sensación de que cada día que pasa es más aburrido al anterior. No se trata, claro está, de aceptar el riesgo por el riesgo, sino de concebir metas altas y quemar las naves a la hora de cumplirlas. Un joven de la edad de Mario no puede soñar con ser rico. Tiene que soñar con cambiar el mundo. Eso sí que es apasionante.

 

¿Qué echa de menos en la literatura actual?
Estamos en un momento interesantísimo: las nuevas tecnologías han abierto la puerta de la libertad a la edición de libros. Ahora no hay por qué someterse a la dictadura de las editoriales: cualquiera puede editar su libro y distribuirlo por la red. Y aunque estamos aún en la prehistoria de esta nueva forma del negocio, auguro tiempos prometedores.

 

Pero nadie niega que ya no existe el mismo interés por la lectura que antes. ¿Cuál cree que es la causa?
Hay mucha gente que lee de forma continuada. A veces basta abrir los ojos en un transporte público. Ahora, si se lee menos que antes y, sobre todo, si hay universitarios que jamás leen una novela, es porque hemos equivocado las prioridades.

 

¿Dé un ejemplo?

La música es un maravilloso compañero de viaje, pero qué pena cuando le damos primacía sobre otros ocios. Basta asomarse incluso a algún autobús escolar: hay alumnos que pasan el curso entero con unos cascos, sin hablar con nadie, metidos en sus canciones, indiferentes a los demás. Lo mismo podría decir del teléfono móvil, cada vez más sofisticado. Una persona que no sabe ordenar el uso de la tecnología es una persona muerta para la lectura, pero también lo acabará siendo para la amistad y para el amor. En un tiempo sólo se mirará a sí misma, a lo que le anuncie la pantalla de su último gadget.
¿Qué le diría a un joven universitario que aspira a convertirse en escritor?

Que lea. Que lea. Y que lea. Pero que no lea al buen tuntún, sino con el propósito de formarse. El escritor adquiere una enorme responsabilidad: se cuela en la intimidad de la gente para susurrar sobre la conciencia ajena. Por eso, es fundamental entender bien al ser humano, saber cuáles son nuestras pasiones, virtudes, retos, miedos… No se puede leer cualquier cosa, sobre todo si uno pretende darle voz a una serie de personajes que pasarán, en cuanto se publique la novela, a las manos de miles de lectores.

 

¿Algún consejo más?

Además de leer, que amplíe su curiosidad. Hay que derrotar la pasividad que caracteriza a tantos jóvenes por una actividad frenética de conocimiento. Debemos salir de nuestro mundo y mirar de frente a la vida, que es la mejor escuela, la mejor universidad.
¿Tiene en mente su decimosegunda a novela?
Sí. Pobre del novelista que crea que todo lo que tenía que contar ya lo ha contado.