La proeza de triunfar sin palabras

Sara Gómez

 

Le invito al cine. Venga conmigo a ver una película muda. Muda es tan solo un adjetivo para definirla; también es un largometraje en blanco y negro, con actores protagonistas que se han formado lejos de los brillantes focos de Hollywood y dirigida por un francés con únicamente tres largometrajes a sus espaldas como aval. ¿Aceptaría mi invitación? Me temo que pocos valientes lo harían.

Un mes después nos volvemos a encontrar y le replanteo la oferta, pero esta vez añado que la misma película ha ganado siete premios BAFTA, tres Globos de Oro y cinco Oscar. “¿Cómo es posible?”, se preguntará. Críticos y público le darán una respuesta unánime: The Artist es la mejor película del 2011.

El melodrama del francés Michel Hazanavicius no es original pero sí es novedoso; ya conocíamos el cine mudo rodado en blanco y negro, sin embargo, no lo conocíamos en el tiempo y espacio actuales. Hazanavicius ha seleccionado elementos de una época ya olvidada y los ha combinado para crear una obra de arte única, con lo mejor de cada mundo, el del cine de finales de los años 20 y el del cine de hoy en día.

Hollywood, 1927. La estrella del cine mudo George Valentin (Jean Dujardin) se encuentra en el punto más alto de su carrera. Por otro lado, Peppy Miller (Bérénice Bejo) es una bailarina que aspira a triunfar en la ciudad de las estrellas. Su encuentro fortuito desatará, por una parte, la curiosidad del actor y el deseo de apadrinar a la joven y, por otra, la admiración de ésta hacia su nuevo mentor. El éxito y la buena química seguirán la estela de la pareja hasta la llegada de nuevas tecnologías que permiten el cine con sonido. Valentin se decantará por aferrarse a su condición de estrella de la pantalla muda con nefastas consecuencias. Su vida de lujo empezará a desmoronarse mientras asiste impotente al ascenso estratosférico de Miller como nueva imagen del cine con sonido adorada por el público.

El reto de rodar una película muda recae, en primer lugar, en la maestría de los actores. Hazanavicius ya había dirigido a Jean Dujardin en otras dos películas anteriores, también mudas, por lo que no es casualidad que lo eligiera para encabezar el reparto de The Artist. Interpretar a George Valentin exige una capacidad de expresión añadida, dado que sin usar la voz se tiene que conseguir que el mensaje llegue al espectador. Del mismo modo, la gesticulación no puede ser en exceso exagerada o se corre el riesgo de caer en la parodia. Dujardin, con su repertorio de movimientos faciales, consigue un equilibrio perfecto que cautiva de inmediato a quien lo observa sin necesidad de ejercer de modelo sex symbol hollywoodiense al que la industria cinematográfica nos tiene acostumbrados.

La sombra de Dujardin es alargada y por ello Hazanavicius delegó el reto de la protagonista femenina a nada menos que a su mujer, Bérénice Bejo. La figura de Peppy Miller, a la que da vida la actriz de sangre argentina, es inocente pero ambiciosa, es atractiva pero se vale de otro tipo de encanto natural para destacar. Es el contrapunto perfecto para el George Valentin seguro de sí mismo y, sin éste saberlo, jugará un papel crucial en el desenlace de su carrera profesional.

La música es el segundo elemento imprescindible en un largometraje de esta naturaleza. La banda sonora, obra de Ludovic Bource, quien también acompaña a Hazanavicius desde hace varios años, tiene un protagonismo especial: es la encargada de sustituir los diálogos hablados. Si la música no transmite el sentimiento que se corresponde con la escena, ambas pierden su significado. Alegría, ira, melancolía, suspense o amor son emociones que el espectador experimentará a través del trabajo de la orquesta sin que, por ello, ésta se convierta en el centro de atención. Al contrario, el mimetismo entre melodía y acción es total e indivisible.

El éxito de esta película no se mide sólo por la lista de reconocimientos cosechados. Público y crítica se han rendido a sus pies. Ésa es la auténtica proeza de The Artist.